El Convento de Santo Domingo, es un destacado monumento histórico y religioso de la Orden de los Predicadores, construido sobre los restos del templo incaico del Coricancha, uno de los recintos más sagrados del Imperio Inca.
La historia del convento se remonta a la repartición de solares en octubre de 1534, cuando Juan Pizarro, hermano del conquistador Francisco Pizarro, entregó a la orden dominica el terreno donde se erigía el templo del Coricancha, conocido como el Templo del Sol. Este sitio era considerado uno de los más importantes para la cosmovisión inca, lo que añade una capa profunda de significado histórico y cultural al convento.
El primer prior del Convento de Santo Domingo fue fray Juan de Olías, quien llegó a Cusco junto a un grupo de misioneros provenientes de México, con el propósito de establecer y consolidar la presencia de la orden en la región andina. La construcción del convento fue un proceso largo y complejo, que tomó varios años debido a la magnitud de la obra. Finalmente, el convento fue consagrado oficialmente en 1633, consolidando su lugar como un importante centro religioso en Cusco.
El convento ha sido testigo de varios desastres naturales que afectaron su estructura. En 1650, un devastador terremoto causó graves daños a la infraestructura del convento, aunque el Coricancha incaico, conocido por su sólida construcción, quedó prácticamente intacto. La reconstrucción del convento tomó tres décadas, y no fue hasta 1680 que el edificio fue completamente restaurado.
Sin embargo, el terremoto de 1950 resultó ser aún más destructivo. La iglesia de Santo Domingo fue la más afectada en Cusco, sufriendo daños significativos. Los arcos de la torre colapsaron, el crucero sufrió graves destrucciones, y el ángulo noroeste del edificio se inclinó peligrosamente hacia el exterior. El muro del ábside se resquebrajó, y el balcón con vistas a la ciudad se derrumbó. En el claustro, los arcos se desajustaron, dejando inhabitables todos los aposentos del segundo piso. Estos daños llevaron a extensas labores de restauración, que fueron necesarias para devolver al convento su antigua gloria.
Además de su importancia histórica, destaca por su arquitectura. La iglesia cuenta con tres naves y una cúpula imponente que realza su presencia en el paisaje cusqueño. El coro del convento es adornado con una exquisita sillería tallada en madera de cedro, un ejemplo del fino trabajo artesanal de la época. Los muros de la iglesia están decorados con azulejos sevillanos, que añaden un toque de color y sofisticación, fusionando estilos europeos con la rica herencia inca que subyace en sus cimientos.
Este convento no solo es un lugar de culto, sino también un símbolo de la fusión cultural que caracteriza a Cusco, donde la historia inca y la influencia española se entrelazan para crear un legado arquitectónico y espiritual único.