La Catedral Metropolitana de Quito, situada en el Centro Histórico de San Francisco de Quito, es uno de los templos católicos más destacados del Ecuador y un emblema cultural y arquitectónico del país. Como sede de la Arquidiócesis Primada de Quito, su relevancia trasciende lo religioso, marcando importantes hitos en la historia de la ciudad. Ubicada en el flanco sur de la Plaza de la Independencia, su posición la convierte en un referente visual y cultural, aunque su ingreso principal no está orientado hacia la plaza. En 1995 fue elevada a la categoría de Catedral Primada de Ecuador, consolidando su estatus como el templo católico de mayor jerarquía en el país.
Tras la fundación de Quito en 1534, se asignó el sector sur de la Plaza Mayor a la construcción de una iglesia. El primer templo, construido entre 1535 y 1537, era una estructura sencilla de adobe, madera y techo de paja. Con la creación del Obispado de Quito en 1545, se inició la planificación de un templo más grande y duradero. La construcción de la catedral comenzó en 1562, bajo la dirección de Pedro Rodríguez de Aguayo, y concluyó en 1572 con su consagración por el obispo Fray Pedro de la Peña. Su diseño utilizó piedra como material principal y se levantó mediante el sistema de trabajo comunitario conocido como minga.
A lo largo de su historia, la catedral ha sido reconstruida en varias ocasiones debido a desastres naturales como erupciones volcánicas y terremotos. En 1660, tras la erupción del volcán Pichincha, el obispo Alonso de la Peña Montenegro lideró una restauración significativa que incluyó nuevas decoraciones interiores, como una pintura de la Virgen realizada por Miguel de Santiago. En 1755, un terremoto causó daños menores que fueron rápidamente reparados. En 1797, bajo el patrocinio del barón de Carondelet, se realizaron importantes obras, incluyendo la construcción del Templete de Carondelet y la renovación del retablo mayor, en el que se combinaron elementos barrocos y neoclásicos. En 1868, otro terremoto destruyó la torre del campanario, que fue reconstruida en 1930 por el arquitecto alemán Pedro Brünning en un estilo "casco prusiano". Durante el siglo XX se realizaron varias restauraciones menores, destacándose las de la década de 1990 para preservar la estructura y su patrimonio artístico.
La catedral presenta un diseño de planta longitudinal con tres naves separadas por pilares y arcos apuntados, que reflejan influencias gótico-mudéjares. En su interior destacan un artesonado de madera de cedro en la nave central, los retablos barrocos recubiertos de pan de oro y una notable colección de pinturas y esculturas de la Escuela Quiteña. El atrio lateral, con su pretil de piedra y una escalinata semicircular, conecta el templo con la Plaza de la Independencia. Uno de los elementos más emblemáticos es un gallo de hierro ubicado sobre una de las cúpulas, que actúa como veleta y ha inspirado numerosas leyendas locales.
Los interiores de la catedral están ricamente decorados. El altar mayor, completamente recubierto de oro, tiene influencias barrocas y mudéjares. En las paredes y techos se pueden apreciar frescos y lienzos de artistas como Manuel de Samaniego y Bernardo Rodríguez, que representan escenas religiosas. Las esculturas de Caspicara, como "La Negación de Pedro" y "La Sábana Santa", son consideradas piezas maestras de la Escuela Quiteña. Las capillas laterales, dedicadas a diversos santos y eventos religiosos, albergan retablos y conjuntos escultóricos de gran valor artístico.
La Catedral Metropolitana de Quito, además de ser un lugar de culto, es un símbolo vivo de la historia y el arte quiteños. Su evolución arquitectónica, la riqueza de sus obras de arte y su papel en la vida religiosa y cultural del país la convierten en un ícono del Patrimonio de la Humanidad y un testimonio de la identidad ecuatoriana.