El dolmen de Menga es un monumento megalítico reconocido como Patrimonio Mundial y Bien de Interés Cultural, situado en Antequera y formando parte del Sitio de los Dólmenes de Antequera.
Se localiza en el recinto primero, junto al dolmen de Viera, en la zona denominada Campo de los Túmulos. Esta estructura funeraria, que sigue la tradición atlántica, se edifica con grandes piedras verticales y horizontales que configuran un sepulcro de corredor. En su planta se distinguen un atrio, un corredor y una gran cámara funeraria de 6 m de anchura y 3,5 m de altura. Las dimensiones del conjunto son colosales, ya que alcanza una longitud total de 27,5 m, la cámara del fondo mantiene esas dimensiones, y la última cobija se estima en alrededor de 180 toneladas, destacando además la presencia poco común en Europa de pilares intermedios. En el interior, se observa un pozo profundo y estrecho en el fondo de la cámara, y el primer ortostato del corredor exhibe grabados con formas antropomorfas que recuerdan a una cruz y a una estrella. La estructura se cubre con un túmulo de 50 m de diámetro, similar al del dolmen de Viera.
Construido aproximadamente entre el 3750 y el 3650 a. C. durante el Neolítico, su primera mención se halla en una licencia del Obispo de Málaga en 1530, cuando se autorizó la construcción de un pequeño lugar de oración en sus inmediaciones. A lo largo de los siglos, ha sido citado en diversas publicaciones históricas, y en 1847 se redactó la primera monografía científica sobre él. Las intervenciones de conservación y musealización realizadas desde mediados del siglo XX han preservado su estructura y apariencia originales, manteniéndolo íntegro. Su valor cultural excepcional se basa en su monumentalidad y en su orientación peculiar hacia la Peña de los Enamorados, una característica observada por el arqueoastrónomo Michael Hoskin tras estudiar más de 2000 dólmenes en el Mediterráneo. Además, su eje se alinea con un abrigo que alberga pinturas rupestres, el abrigo de Matacabras, y, junto al tholos de El Romeral, constituye un ejemplo único de integración entre elementos naturales y construidos, donde los hitos naturales adquieren el carácter de monumentos y las construcciones se presentan como parte del paisaje.