Para que un bien se reconozca como Patrimonio de la Humanidad debe demostrar un Valor Universal Excepcional, lo que implica contar con una importancia extraordinaria que supera fronteras y es relevante para todas las generaciones. La UNESCO requiere que se justifique al menos uno de los seis criterios establecidos en la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial Cultural y Natural (1972) para acreditar este valor. En el caso del Sitio de los dólmenes de Antequera, la propuesta se fundamenta en el criterio que establece la necesidad de representar una obra maestra del ingenio humano, mientras que ICOMOS, en su informe definitivo, añade otros dos criterios relacionados con la aportación de un testimonio único sobre tradiciones culturales y la representación de períodos significativos de la historia.
El primer criterio se basa en que el bien debe ser una obra maestra del genio creador. Así, el dolmen de Menga destaca por ser una realización excepcional de la arquitectura adintelada megalítica, perteneciente a la tradición atlántica, caracterizada por el empleo de ortostatos y cobijas, y por alcanzar dimensiones que empujan al límite la tipología del sepulcro de corredor mediante el uso innovador de pilares intermedios. De igual forma, el tholos de El Romeral amplía el repertorio constructivo con una solución abovedada realizada a partir de hiladas de mampostería, propia de la tradición mediterránea.
Otro de los criterios se centra en que el bien aporte un testimonio único o excepcional sobre una tradición cultural o una civilización, ya sea actual o desaparecida. Tanto el dolmen de Menga como el tholos de El Romeral presentan orientaciones inusuales. Mientras que la gran mayoría de los dólmenes del arco mediterráneo se orienta de forma celeste, vinculada a la salida del sol en los equinoccios —como ocurre en el dolmen de Viera—, Menga se dirige hacia la silueta antropomorfa de La Peña de los Enamorados, concretamente hacia el abrigo de Matacabras donde se ha hallado pintura rupestre. Por su parte, El Romeral se orienta hacia la sierra de El Torcal, hogar de la Cueva de El Toro, mostrando una doble orientación, terrestre y celeste, que se alinea con el mediodía en el solsticio de invierno. De esta forma, el conjunto de dólmenes configura un paisaje megalítico único, caracterizado por una relación íntima entre los elementos culturales y naturales.
El tercer criterio relevante establece que el bien debe ser un ejemplo representativo de un tipo de construcción, conjunto arquitectónico o paisaje que ilustre etapas significativas de la historia. Los tres monumentos megalíticos reflejan una época en la que se erigieron los primeros monumentos ceremoniales en Europa occidental, siguiendo dos grandes tradiciones constructivas: la de dintel y la de bóveda por aproximación de hiladas. Esta propuesta resulta original en la Lista del Patrimonio Mundial, ya que no se trata de un bien mixto en el que se suman valores culturales y naturales por separado, sino de una integración consciente y de estrecho diálogo entre la arquitectura megalítica y el paisaje. Este fenómeno de “monumentalización paisajística” permite que los elementos naturales adquieran el valor de monumentos, mientras que las construcciones se integran armónicamente en el entorno.
Por último, la autenticidad de estos megalitos se respalda en estudios que sitúan el dolmen de Menga en el Neolítico y el tholos de El Romeral en el Calcolítico, evidenciando sus respectivas arquitecturas adintelada y abovedada por aproximación de hiladas. Además, la integridad del conjunto se confirma por el excelente estado de conservación de todos sus componentes.